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Monday, February 13, 2012

Tres libros y un copete

Enrique y su corrupto tío: Arturo Montiel

Con su querida maestra, seguramente por eso no lee.

Por Daniel Salinas Basave*

*El autor es periodista y ganador del premio Estatal de Literatura categoría Ensayo.


La historia de México está llena de presidentes que jamás leyeron un libro en su vida. Vaya, llegamos al extremo de tener presidentes que ni siquiera sabían leer. Vicente Guerrero, héroe de la patria y segundo mandatario en la historia de la República, nunca aprendió a leer y padeció horrores para pronunciar su discurso en su toma de posesión el 1 de abril de 1829.

Pero con toda franqueza, era comprensible y hasta justificable que don Vicente no supiera leer. Un presidente encarnado en el corazón del pueblo, era coherente en su analfabetismo con un pobre país donde más del 90% de la gente no sabía distinguir las letras. De origen muy humilde, este mulato fue un arriero que se sabía de memoria las veredas y los desfiladeros de las sierras del Sur y que tenía una inteligencia natural para el combate en inferioridad numérica y de armamento.

Benito Juárez aprendió a leer a los 18 años, pero sin duda aprendió muy bien. Porfirio Díaz no era analfabeto, pero tampoco era un consumado lector y algo me hace pensar que Victoriano Huerta tampoco era un derroche de cultura, lo mismo que Álvaro Obregón, que pese a ser autor de un libro donde narra sus memorias de campaña, no lo imagino entregado a la lectura.

Ser culto tampoco garantiza ser buen presidente. José López Portillo sin duda leyó muchísimos libros (y escribió otros tantos) y seguro estoy que hubiera respondido con maestría y soberbia si un reportero le hubiera preguntado por los libros que marcaron su vida.

El problema con Enrique Peña Nieto va más allá de su analfabetismo semifuncional. El problema está en lo que hay detrás de esa absoluta ignorancia, de esa superficialidad rampante, de esa barata filosofía de las 140 palabras que le basta para ser favorito en las encuestas. El problema está en el hueco absoluto y el vacío abismal que hay dentro de la cabeza que sostiene ese ridículo copete. El analfabetismo de Peña no me sorprende. Su figura encarna al perfecto bobo que no lee un libro en su vida. Lo que me sigue sorprendiendo y me genera una crisis de rabia e impotencia, es que semejante imbécil sea el favorito para ser el próximo Presidente de México. Vaya, en un país de más de 100 millones de habitantes, donde hay luchadores sociales, científicos, pensadores, profesores, activistas y millones de seres humanos de carne y hueso a los que nos corre sangre por las venas, un cabeza hueca es la única persona que puede soñar con la Presidencia. Lo grave no es Peña, sino el pobre y desgraciado país que va a votar por él.

Lo que me aterra no es la absoluta falta de ideas en la cabeza vacía del mexiquense.

Lo que de verdad me aterra es la cabeza vacía de un país que lo tiene en la cima de sus preferencias. El liderato de Enrique en las encuestas un pésimo  síntoma como nación, una señal clara o un termómetro que indica el bajísimo nivel de nuestra autoestima, lo desechables que son nuestros principios si es que existen.

Pienso en los otros candidatos favoritos que hemos tenido en épocas preelectorales y caigo en cuenta de que nunca habíamos caído tan bajo como con el fantoche del copete. Cierto, Vicente Fox no ha leído muchos más libros que Peña. El guanajuatense de las botas es ignorante hasta el hartazgo (y miren que Borges es algo así como una liturgia en mi vida, pero aún así se lo perdono). La diferencia es que a Fox le corría sangre por las venas. Tarado, bruto, dicharachero, pero con una innegable dosis de honestidad que lo hacía humano.

Puedo entender que un votante estuviera enamorado de Fox y me parece comprensible que hubiera carisma en esas botas con bigote. Sin ser un derroche de cultura, seguro estoy que Andrés Manuel López Obrador ha leído muchos más libros que Peña y Fox juntos. Intolerante, ideático, mesiánico y delirante, AMLO no me gustaba nada y de hecho voté en su contra en 2006, pero aun así entendía perfectamente que pudiera seducir a un votante. Pese a todos sus defectos, AMLO me parece una persona con convicciones y sobre todo, con sangre en las venas y un corazón en el pecho.

Entiendo que Fox y López Obrador hayan sido en su momento favoritos y hayan motivado a millones de mexicanos a darles su voto, pero con toda franqueza y con brutal honestidad, debo confesar que aún no puedo entender cómo alguien pueda siquiera considerar darle un voto a Peña Nieto. Con todo y sus defectos y sus fanatismos, Fox y AMLO me parecían tipos de verdad.

Peña Nieto me parece la encarnación de la falsedad, de la hipocresía, de la superficialidad. Nada, absolutamente nada me parece auténtico en ese producto del teleprompter, de la frase vacía, del concepto prefabricado. Si Peña se convierte en presidente de México, será la confirmación y el triunfo de la teoría un libro que es ya un clásico y que por supuesto Enrique no ha leído ni sabe que existe. Me refiero al genial Homovidens de Giovanni Sartori.La mexicana es una sociedad teledirigida, una sociedad que le cree ciegamente a López Dóriga y al Teletón.

El triunfo de Peña es el triunfo de esos ridículos platos azules de VeTv que infestan como una plaga los desvencijados techos de lámina de las comunidades más pobres de México. El candidato perfecto para una sociedad apática, resignada y apocada a la que no le queda nada mejor que hacer que ver la tele.  El triunfo de Peña confirmaría al peor México.

 Como consuelo debo agradecerle a ese ignorante que me haya ayudado a tener las cosas claras. Por lo menos tengo la absoluta convicción de quién no quiero que gane las elecciones.

Sunday, November 06, 2011

El verdadero rostro del PRI







Arnaldo Córdova


Como en el caso de cualquier partido u organización política que venga a la mente, el PRI y, en particular, sus dirigentes efectivos buscan definir sus relaciones con los dueños del dinero, como una plataforma básica en su lucha por el poder del Estado. Cada partido sabe que debe encontrar un acuerdo con los exponentes de la clase dominante, en el que, por lo menos, consiga una cierta neutralidad de los mismos y no tenga que enfrentar a su bloque como un enemigo irreconciliable. Como podrá adivinarse, cada partido tiene sus propios puntos de vista sobre el rol que esa clase debe desempeñar en la vida nacional y le es necesario plantear ante la misma lo que espera de ella como un compromiso indispensable.

Si hay agrupaciones que no cuidan o no les importa este asunto, deben saber que la patronal los combatirá a hierro y fuego. Buscar su neutralidad, en realidad, resulta demasiado poco para obtener buenos logros en las contiendas electorales y lo que puede suceder con mayor probabilidad es que esa neutralidad jamás se logre. Las fuerzas políticas deben buscar con los patrones compromisos serios y mantener un trato con ellos que los obligue a cumplirlos o a mantenerse a distancia. Para ello, es forzoso estarles informando debidamente de lo que se busca en los más variados tópicos de la lucha política y hacerlo saber también al resto de la sociedad, como árbitro y actor que en última instancia deberá decidir la contienda.

Hay, empero, partidos que van mucho más allá y que consideran que su papel en las pujas por el poder es representar estrechamente los intereses de los grupos dominantes y, en especial, de los patrones y defenderlos a capa y espada, como si fueran los propios intereses. No es algo que se pueda inscribir en los documentos básicos de los partidos, sino una actitud efectiva de sometimiento y puesta al servicio de los intereses de esos grupos. Generalmente son los prospectos electorales y más cuando ya son candidatos los que hacen clara esa posición frente a dichos intereses. Podemos observar que ya se han dibujado posiciones que nos hablan de la relación que entienden llevar los diferentes precandidatos.

Andrés Manuel López Obrador empezó a reunirse con diversos representantes de los grupos dominantes para plantearles abiertamente cuál será su política respecto a los negocios y cómo entiende llevar avante sus relaciones con los empresarios, sobre la base de lo que él propone como estrategia de desarrollo económico. El tabasqueño ha dejado en claro que no es su enemigo, entre otras cosas, porque sin ellos no habría desarrollo posible en las actuales condiciones y que sólo es contrario a sus abusos y sus negocios turbios. Se ha declarado también contra los monopolios y la concentración indebida de la riqueza. Se trata de una posición clara que, además, tiene la virtud de ser abierta y pública. Todo mundo supo lo que él dijo.

El PAN no es ejemplo en el caso. Siempre ha sido, desde su fundación, un partido patronal, enemigo del sector público de la economía. Los panistas, a lo largo de casi dos sexenios, no han hecho otra cosa que hacer negocios desde el gobierno y entregar la riqueza pública a los privados, muchas veces violando la ley y la Constitución. El PAN no sabe gobernar de otra manera y, de seguir en el poder, de seguro seguirán haciendo lo mismo. Basta con recordar la enorme cantidad de personeros de la iniciativa privada que son y han sido funcionarios o representantes del PAN para darse cuenta de lo que el mundo de los negocios pesa en los gobiernos panistas y en los órganos legislativos.

Para muchos el PRI sigue siendo el mismo antiguo partido nacionalista y populista que, de cuando en cuando, sirve a los intereses patronales. Los años de gobierno del panismo demuestran, si se hace historia, que ese partido no sólo ha dejado de ser lo que fue una vez, sino que ha hecho mancuerna con los panistas para promover el enriquecimiento desmedido de los empresarios y, muchas veces, incluso son más celosos en el afán de favorecer en todo a los empresarios, con posiciones más conservadoras que los mismos blanquiazules, como se ha puesto de manifiesto en el asunto de las telecomunicaciones y de los monopolios televisivos. El principal de sus precandidatos presidenciales, Enrique Peña Nieto, es hechura de esos monopolios.

Si se da por hecho que la contienda interna por la candidatura presidencial del PRI se dará entre el propio Peña Nieto y el senador Manlio Fabio Beltrones tenemos un escenario muy claro: el primero quiere representar directamente, como si fueran suyos, los intereses de la clase dueña de la riqueza; el segundo, en cambio, trata de presentar una imagen más acorde con los antiguos principios del priísmo, sólo que modernizados, puestos al día. Enfrentados al hecho histórico que fue la Revolución Mexicana, para Peña es sólo una ideología dañina y obsoleta que riñe con el desarrollo; para Beltrones, las instituciones de la Revolución que dieron paz al país muestran agotamiento y se han quedado en el pasado, lo que quiere decir que hay que buscar otro camino para enfrentar tanta desigualdad y tanta pobreza.

En el fondo, ambos políticos piensan lo mismo, aunque desde puntos de partida diferentes. El tema del petróleo lo revela plenamente: Peña aboga por una mayor apertura a la iniciativa privada en la industria petrolera (como declaró al Financial Times, Pemex puede lograr más, crecer más y hacer más a través de alianzas con el sector privado); Beltrones, de hecho, piensa lo mismo, pero es más cuidadoso en un tema que el primero nunca toca: la propiedad de Pemex debe seguir siendo pública y, para él, la reforma de 2008 es más que suficiente para permitir que la iniciativa privada invierta en la industria, pero, dice, sin que ni una gota de petróleo pase a manos privadas y menos extranjeras.

Como se ha podido ver, las reformas de 2008 no han sido respetadas por el gobierno panista y, a través del contratismo, la riqueza petrolera sigue siendo entregada a los privados, particularmente extranjeros. Ese estilo que aparece como típicamente panista desde el gobierno, vale decir, pasar siempre por sobre la ley, violándola e ignorándola, se revela como típicamente priísta si uno echa una mirada a la historia del priísmo en el poder. Aparentar obediencia a la ley para violarla cuando debería aplicarse, es algo que, además, podemos ver también en los gobiernos priístas de los estados. PRI y PAN actúan, llegado el caso, de la misma manera.

Lo que se desea que veamos es que Beltrones propone hacer las cosas con la antigua sabiduría de gobierno, mientras Peña Nieto sería un panista encubierto o, como solía decirse antes, un priísta empanizado. Pero la diferencia entre ambos no parece ser otra que el método diverso que ambos proponen para llegar al mismo fin: preservar el sistema de los negocios al que ambos se deben. Peña Nieto habla de una alianza estratégica con el sector privado: “Tenemos que detonar mayor infraestructura para el desarrollo –declaró– y estoy convencido que un pivote para lograr este objetivo es la alianza estratégica que se puede consolidar con el sector privado”. Beltrones también quiere el favor de la patronal. Sólo propone un camino diferente. PRI y PAN, en lo esencial, siguen siendo lo mismo.