Robert Fisk
Los palestinos no conseguirán un Estado esta semana, pero probarán -si obtienen los votos suficientes en la Asamblea General y Mahmoud Abbas no sucumbe a su característica abyección ante el poderío de Estados Unidos e Israel- que son dignos de tenerlo. Y dejarán sentado para los árabes lo que los israelíes, cuando están ampliando sus colonias en tierra robada, gustan en llamar "hechos en el terreno": nunca más podrán Washington y Tel Aviv tronar los dedos y esperar que los árabes caigan de rodillas. Estados Unidos ha perdido su posición de dominio en Medio Oriente. La farsa terminó: el "proceso de paz", el "mapa de ruta", los "acuerdos de Oslo": todo ha pasado a la historia.
En lo personal, creo que "Palestina" es un Estado de fantasía, imposible de crear ahora que los israelíes han robado tanta tierra árabe para sus proyectos coloniales. Si no lo creen, echen una ojeada a Cisjordania: las enormes colonias israelíes, las perniciosas restricciones a la construcción de hogares palestinos de más de una planta, el corte hasta de los sistemas de desagüe como castigo, los "cordones sanitarios" junto a la frontera jordana y las carreteras exclusivas para colonos israelíes han convertido el mapa de Cisjordania en el destrozado parabrisas de un auto chocado. A veces sospecho que lo único que impide la existencia del "gran Israel" es la obstinación de esos molestos palestinos.
Ahora, sin embargo, hablamos de asuntos que van mucho más allá. Esta votación en la ONU -sea la Asamblea General o el Consejo de Seguridad, en cierto sentido no importa- dividirá a Occidente -separará a los estadunidenses de los europeos y de decenas de otras naciones- y también dividirá a los árabes de los estadunidenses.