Alex Grey, Espejos sagrados
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Tim Doody*
Durante décadas, el gobierno estadunidense prohibió los estudios médicos sobre los efectos del LCD. Sin embargo, para un investigador de larga data y de primera línea, era demasiado tentadora la promesa de obtener revelaciones sorprendentes.
A las nueve y media de la mañana, un arquitecto y tres científicos veteranos –dos de Stanford y el otro de Hewlett-Packard– recibieron unos anteojos y unos audífonos, se sentaron en unos cómodos sillones y esperaron que hiciera efecto la dosis de lsd aprobada por el gobierno. Desde el otro lado de la habitación y con no pocas expectativas, el doctor James Fadiman giró los controles de un impecable sistema de sonido y liberó laSinfonía núm. 6 en fa mayor, opus 68, de Beethoven. A continuación, se mantuvo atento para disipar cualquier preocupación o incomodidad.
Para este experimento en particular, cada voluntario de los sillones llevaba consigo tres problemas muy técnicos de sus campos respectivos que no habían logrado resolver al menos durante varios meses. Más o menos en dos horas, cuando el LSDestuviese activo por completo, se retirarían los anteojos y los audífonos, y se dedicarían a hallar alguna solución. Fadiman y su equipo supervisarían sus intentos e ideas, y con los resultados determinarían si una dosis relativamente baja de ácido –100 microgramos, para ser precisos– había aumentado su creatividad.
Era el verano de 1966. La mañana comenzó como tantas otras en la International Foundation for Advanced Study (IFAS), organización de nombre sugerente y financiamiento privado dedicada a la investigación sobre drogas psicodélicas, ubicada, de modo aún más sugerente, en el segundo piso de una plaza comercial en Menlo Park, California. No obstante, esa mañana en particular no sería como las demás de los cinco años anteriores, durante los cuales los investigadores de la IFASadministraron LSD de manera legal. Aunque Fadiman no recuerda la fecha exacta, ese fue el día, al menos para él, que la música dejó de sonar. O, tal vez con mayor precisión para todas las partes involucradas en este estudio de creatividad, fue el día anterior.
 Ilustración de PL/ tikkun.org |
Más o menos a las diez de la mañana, un mensajero entregó una carta urgente a la recepcionista, quien a su vez la hizo llegar sin demora a Fadiman y los demás investigadores. Debían dejar de administrar lsd, por orden de la U.S.Food and Drug Administration (FDA), vigente de inmediato. Docenas de otras instituciones privadas y afiliadas a universidades recibieron cartas semejantes ese día.
Que a los centros de investigación se les permitiese explorar las fronteras posibles de la conciencia parece sorprendente para aquellos de nosotros que provenimos de una era en que la norma era una aplicación rigurosa de la prohibición psicodélica. No se distingue mucho de la última generación de los patios de juegos infantiles, en su mayoría erradicados durante la década de 1990, más altos y peligrosos que los laberintos de plástico suave de nuestros días. (Es interesante que ahora cada vez más psicólogos infantiles defiendan aquellos patios de juegos, con el argumento de que presentaban a los chicos tanto emociones como profundas lecciones de vida que sencillamente no obtienen cerca del suelo.)
Cuando llegó la orden de la FDA, Fadiman contaba con veintisiete años de edad, el investigador más joven de la IFAS. Era un ferviente discípulo del evangelio de la psicodelia desde 1961, cuando Richard Alpert (ahora Ram Dass), su antiguo profesor de Harvard, le dio psilocibina, la magia del hongo, en un café en París. Ese día se desprendió de su estrecho y egocéntrico pensamiento, como si de una capa de piel se tratara. La gente viviría con más armonía, pensaba, si accedía a esta conciencia cósmica. En ese momento y lugar decidió que su vocación sería facilitar ese acceso a los demás. Se mudó a California (por supuesto) y se asoció con psiquiatras e investigadores para explorar si acaso, y cómo, la psicodelia en general –y el LSD en particular– mejoraría de manera segura la psicoterapia, tratamientos para adicciones, empresas creativas y el crecimiento espiritual. En la Universidad de Stanford investigó este tema a cabalidad mediante una tesis, la cual, desde luego, la prohibición gubernamental acababa de aniquilar.
¿No comprendían acaso lo que estaba en juego? Fadiman estaba devastado y más que un poco indignado. Sin embargo, aunque deseara resistirse a la moratoria de laFDA con argumentos ideológicos, en la práctica era imposible hacerlo: cuatro personas que nunca antes habían probado el ácido estaban a punto de despegar.
–Creo que abrimos esto mañana –anunció a sus colegas.
Así, una orquesta tras otra tejió melodías cada vez más visuales alrededor de los hombres en los sillones. Después, poco antes del mediodía, como estaba previsto, emergieron de sus capullos y pusieron manos a la obra.
Creatividad asistida
Durante el año anterior, los investigadores de la IFAS administraron dosis a un total de veintidós personas para el estudio de creatividad, entre quienes se encontraban un matemático teórico, un ingeniero electrónico, un diseñador de muebles y un artista comercial. Al aceptar sólo a aquellos cuyo trabajo se relacionara con las ciencias duras (la ausencia total de mujeres participantes dice mucho acerca de las opciones de carrera del siglo pasado para ellas), pretendían examinar los efectos del LSD en el pensamiento tanto visionario como analítico. Un grupo así ofrecía un beneficio adicional: todo lo que produjeran durante el estudio estaría sujeto al escrutinio de juntas departamentales, juntas distritales, paneles de revisión, clientes corporativos, etcétera, lo que proporcionaría a sus resultados una medida de referencia de la vida real e imparcial.