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Monday, October 14, 2013

El factor mexicano



Hermann Bellinghausen

Siempre es raro llegar a una fiesta en la que los invitados del cumpleañero se permiten husmear por detrás de la entrepierna de cada recién llegado sin que nadie proteste. Es más, uno debe celebrarlo, de preferencia con risas. Acudieron niños pequeños, y sus padres, y muchos que podrían ser sus abuelos, pero la fiesta no es propiamente para ellos, sino para Frijol y sus amigos, a quienes, como es sabido, no les gustan las harinas ni son vegetarianos. Una parte de la generosa botana consiste estrictamente en verdura y fruta, aunque incluye quesos y galletas. Panqués para los niños, caramelos y refrescos. En otra mesa, el trago de los adultos, tinto de Napa, whisky, vodka, ron, tequila, lo usual. Cervezas regionales y mexicanas en una hielera. Nada que atraiga a Frijol y los suyos. Para ellos se colocaron recipientes especiales en lugares estratégicos con las golosinas que les gustan; son educados, no se avorazan. Reina el buen humor esta noche templada en las afueras del barrio de Castro. Frijol cumple 10 años, y para como luce en la puerta recibiendo a los invitados, eso tiene mérito y es digno de celebrarse.

Si bien en San Francisco abunda la gente fachosa, es una ciudad estilizada, muy fashion. Paraíso de hipsters de todo el mundo, cuna de la nueva civilización líquida, ha sido casa para sucesivas generaciones de ciudadanos bien pensantes, moderadamente progresistas pero, eso sí, muy tolerantes. Hoy se percibe. La locación del festejo, de suyo simpática, es un célebre estudio de tatuajes en la calle 14, amplio, un poco peluquería, otro poco galería o consultorio, y más que nada estudio de diseño. Los muros se encuentran abrumados de cuadros y polaroids con miles de modelos de tatuajes, ora sí que para todos los gustos y tamaños, de lo gótico a lo cómic, caligráfico, obsceno, metálico, romántico, zoológico, místico, de motociclista, meditante, punk, aborigen. Varios escritorios compactos, computadoras Mac, anaqueles con álbumes y catálogos, material de dibujo. Y los instrumentos propiamente dichos.

Algunos de los presentes, sobre todo los viejos, cosa rara, lucen llamativos tatuajes en partes considerables de sus cuerpos. Tienen todos en común, además de ser caucásicos y hablar sólo inglés, querer mucho a Frijole (como le dicen al pobre). Un par viste camisetas rojas con el camafeo de Frijol en sombrero de charro: Happy Birthday Frijole, se lee. Me intriga la conexión mexicana de Frijol. Siendo adoptado, cualquier origen es posible. Pero no deja de ser extraño que la bandera de México sirva de mantel para la botana, la bebida y el pastel de chocolate en forma de la silueta del festejado, con velitas mágicas tricolores. Que los palillos de dientes lleven una banderita de México con su águila y todo. Que le pongan al buen Frijol un sombrero de charro que le queda grande. Que aquí nadie sea mexicano.

No sólo se permite la intromisión de Frijol y sus amigos en cualquier conversación –de hecho proporcionan tema–, sino que se les premia con una caricia. No ladran, no gruñen, no hostigan. Afables, casi humanos, lamen manos sin abusar. El champú de almendras los deja lustrosos. Imagino balanceada su dieta.

Los niños corren jalando globos blancos ilustrados con pequeñas huellas caninas que producen un efecto dálmata. La mesa de regalos (mantel tricolor también) incluye cajas de croquetas, trozos de carnaza envueltos en celofán y con moño, cepillos, jabones biodegradables y hasta una almohadilla bordada. Frijol debe tener un problema de cadera, arrastra las patas de atrás. Pero se deja querer, café como es, mestizo como me lo parece. Sus pares, salvo excepciones, sí sugieren pedigrí. Muestra liderazgo un espléndido labrador con un paliacate azul al cuello igual al mío. Hay un chihuahua con chaleco escocés y unos gemelos pomeranos como de calendario. Otros son perros de aguas, un afgano negro de pelo rizado. En fin, variados.

Tan rebosante el local que se han formado grupos en la banqueta, de gente y de perros. Los unos fuman, celebran lo agradable del clima, toman el fresco, intercambian direcciones y datos a través de sus dispositivos electrónicos como antes se intercambiaban tarjetas de presentación. Los otros aprovechan para mear y olfatear a cualquier intruso de su especie. Atraída por la bulla, una mujer sin edad se aproxima y reparte flyers amarillos que anuncian cursos de yoga para ciegos, que me parecen excelente idea.


Bajo las arboladas calles en pendiente y sus casas victorianas como de porcelana escurre la cera de la noche y desemboca en el río de luces de Market Street, cerca del Café Bagdad. Noche de viernes. Reina el rush festivo. Aunque al otro lado de las colinas, de cara al océano, reinen la niebla y un excesivo frescor, aquí los veranos son largos, los estiran hasta la Noche de Brujas, cuando todos se disfrazan y deschongan, y los extienden hasta un ya muy incorporado y loquísimo Día de los Muertos. (El factor mexicano, otra vez.)

Monday, September 16, 2013

Alberto Patishtán y la justicia basura


Hermann Bellinghausen

Publicado: 16/09/2013 00:13
En cierto modo son irrelevantes, sólo un escalón inferior en la cadena alimentaria en que se ha convertido nuestro oprobioso y oneroso sistema de justicia, pero no está de más insistir en nombrarlos. Freddy Gabriel Celis Fuentes, Manuel de Jesús Rosales Suárez y Arturo Centeno Garduño, como magistrados federales ubicados en Tuxtla Gutiérrez, desecharon en ultimísima instancia el reconocimiento de inocencia para el profesor Alberto Patishtán. Gracias a ellos la pesadilla continúa. En medio del reformismo radical y regresivo que desmantela los contenidos sociales y la defensa de la Nación en el cuerpo de las leyes, y cuando se escatiman las garantías de justicia y libertades, el dictamen contra Patishtán constituye todo un mensaje del Estado (como señalara aquí Luis Hernández Navarro) que alcanza a los maestros, los pueblos indígenas y cualquier mexicano que diga no.
¿Separación de poderes, independencia? Ya no hay quien se las crea. Por razones de Estado, o compromisos previamente adquiridos, este mismo sistema de tribunales ha liberado, bajo peregrinos sofismas legistas y mediáticos, a narcotraficantes y secuestradores internacionales, políticos y sus parientes embarrados hasta el cuello, paramilitares convictos y confesos de genocidio, y gente así. Aunque el Consejo de la Judicatura Federal, curándose en salud, informó que el fallo “deja sentado que lo resuelto en este incidente de reconocimiento de inocencia no contiene un pronunciamiento sobre la responsabilidad penal del sentenciado”.
La división de poderes se reduce a una red de complicidades y reparto de prebendas entre grupos amafiados en torno al presupuesto. Todos estos ministros de la Corte conforman un trabuco exorbitantemente bien pagado, “para que no se corrompan” y en función de su “alta investidura”. A su vez vinculados con otros grupos de poder en televisoras, universidades, clases políticas regionales, no es dato menor que en la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) exista, ya con cierta tradición, un peso de ministros chiapanecos. Armando Valls y Margarita Luna Ramos, actuales miembros de la Corte, poseen claros vínculos con la clase política de su estado. Vienen al caso con lo de Patishtán. El desdén y la arrogancia de la SCJN, transmitidos tal cual a los magistrados de Tuxtla Gutiérrez, les permitieron a ministros y magistrados desaprovechar una oportunidad de proceder con decencia y sensibilidad. Se puede atribuir al racismo, a cálculos políticos de coyuntura en un momento vertiginoso del desmantelamiento de la soberanía a nombre de los negocios de los verdaderos socios, o a detalles microscópicos y retóricos de técnica jurídica (que tan bien funcionaron para la campaña humanitaria del CIDE para liberar a los paramilitares de Acteal y cerrar un círculo de criminalidad de Estado con impunidad redonda).
Sin embargo, el caso de Patishtán implica un misterio particular, tal vez tan importante y delicado que vuelve impensable la liberación. Quienes lo encarcelaron en 2000 creyeron que no valía nada, que era desechable. Él solo purga sentencia por un crimen grave que necesariamente fue cometido por numerosas personas: una emboscada profesional contra policías en un territorio abrumadoramente militarizado.
Salvo para la tremenda corte, está probado que Patishtán no participó ni tuvo nada que ver. Pero como nadie más va a pagar por esas muertes emblemáticas (siete policías), el sistema cree que aguantará la presión social. Gobernaba Chiapas el priísta y genocida, como su jefe Zedillo, Roberto Albores Guillén, aún hoy parte activa de los poderes que controlan el gobierno estatal. En 2000 presidía el tribunal supremo de la entidad Noé Castañón León, quien hasta hace poco fue secretario de Gobierno (y en una época posterior de “exilio político”, por presunta corrupción, ¡ministro de la SCJN!). Estos políticos y sus cachorros son parte del Estado realmente existente en la entidad. ¿No habría que empezar la investigación en sus establos?
¿Qué ocultan? ¿Qué cloaca protegen estos actores? La ex primera dama Margarita Zavala de Calderón, “como abogada”, mostró interés se supone que genuino por su liberación, pero nunca hizo nada. Se dice que la paró Genaro García Luna, el jefe policiaco a las órdenes de su marido. Y qué órdenes. El gobernador actual y su antecesor se han pronunciado por la libertad de Patishtán. De lengua se pueden comer un plato, al fin que de ellos no depende. Y en la tabulación policiaca, siete agentes emboscados no se cubren con indulto presidencial.
La trama la tienen amarrada. En lo que se llevan los reclamos a la justicia internacional, lenta como todas, el gobierno de Enrique Peña Nieto, su dócil congreso y sus partidos satélites de chuchos y maderos, aserrín, aserrán, apresuran los candados para protegerse y atenuar el impacto de regulaciones y decisiones internacionales en materia de derechos humanos y procedimientos penales. De justicia. Para indios.
Hasta no demostrar lo contrario, detrás del encarcelamiento de Patishtán podría haber un crimen de Estado.

Wednesday, January 02, 2013

Reanudar el diálogo con la sociedad civil






Mientras en Oventic, Chiapas, conmemoraron los 19 años, en San Cristóbal de las Casas el 3er Seminario Internacional “Planeta Tierra: Movimientos Antisistémicos” reúne a pensadores internacionales y líderes sociales.


Hermann Bellinghausen, enviado


San Cristóbal de las Casas, Chis. 1 de enero. Mientras en sus cinco caracoles en la selva y las montañas de Chiapas miles de bases de apoyo zapatistas celebraron a puerta cerrada el 19 aniversario del levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), en esta ciudad se lleva a cabo el Tercer Seminario de Reflexión y Análisis. En éste participan intelectuales y dirigentes sociales identificados con el zapatismo desde diversos campos de reflexión y acción en distintos países.

Una manta sobre el portón del caracol de Oventic, en los Altos, expresaba en letras rojinegras: “Larga vida a los compañeros adherentes de la Otra Campaña de México y del mundo”. Los guardias encapuchados que se encontraban allí indicaron a los periodistas que sólo eso podían registrar. Dos mantas más exigían la libertad inmediata de Francisco Santiz López, base de apoyo del EZLN, y de Alberto Patishtán Gómez, adherente de la Otra Campaña. A lo largo del día de ayer arribaron millares de indígenas en numerosos grupos procedentes de las comunidades.

A la par, el tercer Seminario Internacional de Reflexión y Análisis “Planeta Tierra: Movimientos Antisistémicos” durante tres días ha servido de eco al silencio de la marcha zapatista del pasado día 21. También, para reanudar el diálogo de la sociedad civil y los pensadores que se mantienen como interlocutores del zapatismo, al calor del reciente comunicado de la Comité Clandestino Revolucionario Indígena, Comandancia General del EZLN, y las cartas al gobierno federal ido y al recién llegado. Todo confirma el vigor y la urgencia de la autonomía comunitaria, que en las montañas de Chiapas tiene hoy a la experiencia más extendida y longeva del mundo, en permanente resistencia.