Monday, April 13, 2009

RECUERDOS DE CERVECERÍA (Testimonio de Manuel Carranza, segunda parte) RESPUESTA DE LUIS LAURO DE LA QUINCENA

Estimado René:
Gracias por la información; te ruego hagas llegar el mensaje de regreso.
Te mando un abrazo.
Luis Lauro


Estimada Bertha Alicia:
Entiendo perfectamente que como familiares directos les interese sobremanera que la historia de don Manuel pueda ver la luz a la brevedad posible; pero la dificultad se ubica en una dimensión superior a la mera transcripción: es un asunto de calidad de edición, de atender los dictados de la secuencia, el ritmo narrativo, la semiótica y la cinematografía. Sin la conjunción de este esfuerzo mayúsculo, el documento final no pasaría del plano anecdótico familiar, lo que me parece un desperdicio improcedente.
Para su información, estamos hablando de procesar más de 20 horas de grabación, más agregados de todo tipo en notas y apuntes sueltos que iban sobreponiéndose a la estructura inicial. Calculo que será hasta finales de año cuando esté culminando este documento, mismo que consistirá en alrededor de 150 cuartillas.
Saludos.
Luis Lauro Garza
llgarzah@gmail.com



El 3 de mayo de 2009 18:26, SIICSA DE CV/ Calidad Total escribió:

Bertha alicia carranza aveldaño has left a new comment on your post "RECUERDOS DE CERVECERÍA (Testimonio de Manuel Car...":

Va de nuevo: Sr. Luis Lauro o Sr. Renè, nos interesa mucho ver publicado el Testimonio de mi Papá, me ofrezco para capturar lo que falta, solo déjeme un mensaje y yo asistirè a donde me diga, para que se concluya con la historia.



Posted by bertha alicia carranza aveldaño to A Romper el Cerco Informativo ! at 10:54 PM


www.somosunoradio.org
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Apreciados lectores, recibí un comunicado del editor de La Quincena y de 15diario, Luis Lauro Garza, sobre el trabajo biográfico de Manuel Carranza que me permito reproducir. Gracias a quienes han enviado comentarios a este blog.

René Zúñiga/ A Romper el Cerco Informativo !

Hola, René:
Gracias pr tu interés; resulta que tuve algunos problemas porque los archivos en donde estaba la información no puedieron ser transferirlos, motivo por el cual pospuse la publicación de los mismos. Apenas estoy completando la captura de nuevo, de tal manera que será a partir del lunes próximo que reanude las entregas.
Saludos.

LL

15diario

Aunque Manuel Carranza pasó la mayor parte de su vida productiva en Fundidora, la experiencia previa fue determinante para su desempeño posterior. Aquí ofrecemos parte de esa historia.

El proceso productivo
En Cervecería existían los departamentos de embotellado, revisado, cuartos fríos, cocido, pasteurizado, almacenamiento, tapón corona, barriles y talleres. El proceso productivo comenzaba cuando los ingredientes básicos hervían en unos peroles grandes. Era el departamento de cocido. El líquido pasaba después al tanque de recocido, donde se concentraba y le daban el mejor punto.
En los cuartos fríos había una especie de máquina redonda compuesta de varios discos bien prensados, con tornillos en los lados, que giraban a gran velocidad: eran como unos quesos grandes de malta, repletos de levadura y a través de los cuales se filtraba el líquido de un extremo al otro, directo a los tanques que reposaban y maduraban la cerveza.
De los cuartos fríos se pasaba al embotellado, donde ya estaban listos los envases pasteurizados. En el departamento de revisado se checaba que las botellas no pasaran estrelladas o que llevaran alguna basurita, porque entonces la cerveza la hacían a un lado y aunque no la regalaban, la vendían barata: a seis centavos la caja. Conocida como cerveza de reviso, era la única chance que teníamos de llevarnos algo a casa.
En las bodegas había casi puros hombres. Los botudos eran los encargados de la limpieza en general, y así se les conocía porque usaban botas de hule para protegerse del agua que aventaban con las mangueras; también usaban pecheras de lona o material impermeable. A la hora de almorzar, ellos podían sacar tinas de cerveza para acompañar sus lonches, que por cierto olían muy rico cuando los calentaban. Los botudos eran como quince o veinte.
Las mujeres estaban concentradas en los departamentos de pasteurización y embotellado. Allí había unas ciento veinte, la mayoría jóvenes, que se notaban luego luego cuando salían a comer, porque todas andaban vestidas de blanco.
A un costado del taller mecánico estaba la fábrica de hielo y más al poniente se lavaban y reparaban los barriles, que eran de aluminio. Ahí trabajaban diez o quince gentes, soldando y sellando los barriles. Para lavarlos usaban chorros de arena de mar a presión, que traían de Tampico; no necesitaban usar agua, pues el tanque quedaba bien limpiecito con este método. Había barriles de muchos tamaños: chicos, cuartos, medios y enteros. Los enteros eran los que se vendían en las cantinas y cervecerías como El Parral, ubicado en Reforma con Cuauhtémoc, donde servían los vasitos en forma de cono, a dos por veinticinco centavos: ¡pura Lager y Kloster! Se vendían barriles pa’la vida. Y eso que no había ni sillas ni mesas, ni un solo asiento. Todos tomaban parados. Yo creo que cuando se cansaban por eso se caían.
Frente a Cervecería estaba la Fábrica de Cartón Titán, y más adelante se encontraba el departamento de tapón corona, que era donde hacían la corcholata. Más al sur estaba Malta. Atravesando el riel se encontraba La Cultural, que era donde estaban las canchas de tenis y un salón al que asistía mucha gente a bailar y a tomar cerveza. Por la parte de atrás había una barda que separaba las canchas del lugar conocido como El Pozo, un terreno que entonces estaba hundido. Era una manzana con tejabancitos y unos changarros en donde vendían casi pura cerveza. Las mujeres de ahí eran “generalas” para tomar… y para otras cositas más.
En el departamento de taller mecánico había hojalateros, carpinteros, plomeros, soldadores, electricistas, torneros y albañiles, que deberían sumar unos doscientos cincuenta. En total, Cervecería contaba entonces con unas mil personas, sin tomar en cuenta a los de las oficinas generales. El horario era corrido de siete de la mañana a cuatro y media de la tarde. A esa hora se cerraba todo… y hasta el día siguiente. La comida era de doce a una, y los botudos eran los únicos que salían a lonchar antes, de diez a once.
El lugar que más me gustaba para trabajar eran los cuartos fríos no sólo por lo fresquecito, sino porque era la única parte donde se podía tomar cerveza casi a placer. El jefe de las bodegas donde estaban los cuartos fríos se llamaba Agustín, un buen compa que se hizo amigo de algunos de nuestra cuadrilla. Cuando íbamos a ese departamento, él mismo nos prestaba las mocas (esas jarras grandes de cobre) para servirnos la cerveza heladísima de los tanques; entonces aventábamos el chorro de agua por fuera de la moca, y luego se hacía una espuma espesa espesa y bien blanca. ¡Nómbre, cállate, qué rica estaba! Ahí nos hicimos tomadores.

Vida sindical
Eso era lo bueno de trabajar en Cervecería; sin embargo, las condiciones laborales dejaban mucho que desear. Para empezar, el sindicato era blanco, o sea que estaba controlado por la misma empresa. Las asambleas se realizaban cada semana, o a veces hasta cada mes, pero sí había. Lo que más se discutía era el comportamiento de los mayordomos, los riesgos de trabajo, la falta de equipo y herramientas; puras cosas de la producción, porque la cuestión salarial nunca se tocaba y cuando se tocaba era para hablar de las prestaciones, pero en especie.
Yo era del personal que trabajaba por contrato con Roberto Salas. No participé en las asambleas que se hacían en La Cultural, pero sabíamos de todo lo que ocurría adentro, porque ahí andábamos y muchas veces nos tocó realizar faenas junto a las cuadrillas de la empresa. Nosotros estábamos muy verdes, no sabíamos hablar en público, ni conocíamos los métodos para hacer vida sindical, pero en ese tiempo había una euforia sindical. Era la época del sindicalismo revolucionario.
En aquel entonces funcionaba la Casa del Obrero Mundial, en la acera sur de Arteaga, entre Amado Nervo y Villagómez. Era una casa grande con ventanas antiguas de fierro. A esa casa asistían Alfredo Juárez, Castillo, Tomás Cueva y Simón R. González, entre otros. Muchos eran del Partido Comunista. Nosotros íbamos a algunas pláticas que ahí se daban porque queríamos meter otro sindicato a Cervecería y ellos nos estaban asesorando. La empresa tenía sus “coyotes”, sus propios policías que “metían oreja”. El que más nos espiaba era un pelado chaparro, moreno y flaco que no me acuerdo su nombre. Él nos delató y fue así como Carmen Villagrán, Andrés Córdoba, Juan Rodríguez y Manuel Carranza, ya no pudimos entrar a trabajar. Los cuatro fuimos a poner la demanda a Conciliación. Nos recomendaron a un litigante que era muy popular, José A. Perales, que según contaban, había sido uno de los corridos en la huelga de 1936 en Vidriera. Él fue quien sugirió demandar la reinstalación directamente a Cervecería, y no al contratista.
Todos los días íbamos a la Junta, acompañados de nuestro lonche, dispuestos a hacer guardia. Esperábamos a Perales para preguntarle por nuestra demanda: “No, pues va muy bien; fíjense que hoy ganamos el problema que traían otros compañeros”. Y así nos la pasamos buen tiempo. Cuando estábamos en espera de la resolución, los de Cervecería mandaron a un abogado para que hablara con mi mamá. Y le dijeron que me daban de nuevo la chamba si me dedicaba a trabajar y olvidaba la demanda. Después de mucha insistencia, fui a hablar con el gerente, Rodolfo Páez, un viejo pelón y bizco. “Ya fueron a conocer a tu mamá, y ella se comprometió a que vendrías sólo a trabajar. Te vamos a pagar el tiempo que estuviste fuera y ahora te vamos a dar la planta”.
Y sí, me pagaron los salarios caídos: cincuenta pesos en puros tostones. Total que fui a parar al taller mecánico y me comisionaron para tapar ductos con soldadura blanca en Malta. Luego me mandaron a ver una turbina lavadora de estopa, que vibraba mucho, hacía un ruidazo y nadie sabía lo que tenía; descubrí que temblaba porque le inyectaban calor de más.

Ya no me hice del rogar…
Como a los tres meses me mandaron a un cuate de otra cuadrilla que se llamaba Pedro Orozco. Y le decían El Canteado. Como sabía que a mí me gustaba mucho la cerveza, me dijo: “¡qué jalar ni qué nada, ahora es día de tomar cerveza”. “¿No vez –le respondí- que hace poco entré a Cervecería?” “Tú no te preocupes, al cabo que andas conmigo; yo traigo a mi gente y ni modo que te vaya a reportar”. Como sentí que venía con la consigna de fregarme, de buscarme el lado, no acepté. Al día siguiente me insistió y yo ya no me hice del rogar. Pusimos un tablón entre tanque y tanque, cerca de donde estaba la tornillería, y le entramos de lleno. Y… ¡órale! Nuestros ayudantes traían la cerveza. Y… ¡éntrenle! Eran unas jarrotas las que nos servían. Ya encarrerados, “¡pos que nos traigan los lonches!” (de esos que vendían en la esquina de Cuauhtémoc, donde terminaba el jardín, que eran como tortas de aguacate, bien sabrosas).
Cerca de la hora de salida me despedí de los cuates. Agustín, el jefe de las bodegas, me dijo: “No salgas Carrancita, te pegará el aire y va a llevarte la fregada”. No le hice caso, y dicho y hecho: cuando salí, nomás me iba de un lado para otro. Apenas alcancé a llegar a los baños. Como pude abrí la regadera y me metí al agua con todo y ropa. En eso llegó el señor Páez, acompañado de un doctor y el abogado de la fábrica. “¿Qué pasó, señor Carranza, parece que está un poco tomado?” “Sí, si no no me estuviera bañando vestido”. Traté de salir de la regadera, pero no pude. “Está bien, nomás levante el acta”, le dijo Páez al abogado. Al otro día ya no me dejaron entrar.Luis Lauro Garza/15diario

Manuel Carranza, líder histórico de la izquierda en la Sección 67 del Sindicato Minero, de Fundidora Monterrey, y dirigente también del Centro de Orientación Sindical 5 de Febrero (ahora Centro de Orientación Política 5 de Febrero) falleció el pasado viernes. Como un homenaje a su trayectoria, ofrecemos a partir de hoy a nuestros lectores, y durante toda la semana, un trozo de esta historia de vida que en su momento fue narrada al autor por este protagonista de las vicisitudes laborales, militantes y personales en el último medio siglo de la otrora pujante Fundidora.

Mi vida en Matehuala (Primero de cinco)
Yo nací en Matehuala, San Luis Potosí, en el año de 1919. Estudié la primaria en la escuela “del tres”, que creó se llamaba así porque había una escuela “del uno”, y pues debió haber una “del dos”; lo que sí es que todas eran escuelas oficiales. A la nuestra asistían puros niños, ya que entonces no existían los colegios mixtos. Para escribir, cada quien llevaba su pizarra y su pizarrín. Aunque ya había pizarras de lámina, a mí me gustaban las de piedra; bueno, nosotros decíamos que eran de piedra, pero en realidad eran como de barro o cemento, muy duras. Las pizarras de lámina salían más ligeras y baratas, pero como que se raspaban mucho y no aguantaban tanto.

En segundo año tuvimos de maestro al profesor Páez, un hombre enérgico que también era director de la escuela. Él nos enseñó a marchar con fusiles de madera, e incluso nos sacaba a la Placita de la Leña a ensayar los pasos marciales. Él creó las comisiones de higiene e impulsó las actividades deportivas. Por las mañanas dos compas se ponían en la puerta de entrada y nos revisaban las manos, los oídos y la cabeza. A cualquiera que se le encontrara un piojo, inmediatamente lo mandaban al baño, donde había un cuate que lo espulgaba; si aparecían varios, ahí mismo lo pelaban con una maquinita. A muchos los despachaban a sus casas todos trasquilados, con un recado dirigido a los papás para que cuidaran la limpieza de sus hijos. El maestro nos decía: “a mí no me importa que vengan bien vestidos, rotos, o remendados, pero sí que vengan limpios”.

El profesor Páez era el único maestro, ya que en la escuela daban clase puras maestras. Cuando el número de reprobados era muy elevado, las reunía en la dirección para preguntarles que qué era lo que pasaba, que por qué los niños no aprendían. Total, que no se salvaban de una buena regañada y seguido las hacía llorar. Aunque era muy chaparrito y se parecía a Charles Chaplin, le teníamos mucho respeto. Con él aprendimos bastante.

Para tercer año ya sabía leer, escribir, dividir, restar, multiplicar, y algunas nociones de quebrados, raíz cuadrada y raíz cúbica. También aprendí cosas de la historia, gramática, geografía, anatomía. A la escuela asistíamos en la mañana y en la tarde. Lo que más me gustaba era la historia de México, porque la maestra nos leía partes del libro y luego nos pedía que hiciéramos un resumen de la lectura. En otras materias no andaba tan bien, pero la historia se me pegaba mucho y casi siempre sacaba diez en el resumen.

Recuerdo que en una clase, la maestra de tercer año nos dijo: “arriba de las extremidades inferiores, en la parte posterior, se encuentran las que comúnmente llaman sentaderas, pero vulgarmente conocemos como nalgas”. Todos nos quedamos mudos. Nos agarró de sorpresa y no supimos qué decir. Éramos muy respetuosos. En la escuela duré hasta tercero de primaria, pues las necesidades de la familia eran muchas y había que buscar la forma de sacar centavos.

Mi madre enviudó muy joven, cuando ya había nacido Francisca, Alejandra, Julio, Anselmo y Refugio Mendoza Carranza. Luego tuvo cuatro hijos naturales: Otilio, Manuel, Elena y Luis. Mi mamá se vino a Monterrey y los más chicos nos quedamos en Matehuala. Vivíamos con la tía Higinia, una hermana de mi abuela que nos crió por años y a quien de cariño le decíamos Mamá Higinia.

Cuando había que barrer y regar banquetas nos levantábamos como a las seis de la mañana, para conseguir los cinco o seis centavos que nos daban. Esto lo hacíamos cada tercer día, como un encargo que a Mamá Higinia le pedían en la botica, la panadería de Fructuoso Rocha, y la tienda que estaba en la esquina de esa misma cuadra. Con lo que sacábamos nos alcanzaba para surtirnos en el mercado de tomate, chile, frijoles y maíz, que entonces estaba a dos kilos por cinco centavos.

Las cocinas del vecindario estaban al fondo del patio; hasta allí íbamos a comer nuestros alimentos. En una esquina de la nuestra había una chimenea muy grande con leña para cocinar. Usábamos cazuelas y bancos chaparritos, pero no teníamos mesa. Para las ocho estábamos desayunando tortillas con frijoles, y cuando no, nomás tortillas con sal. Mamá Higinia nos servía lo que hubiera: frijoles, un molcajete de chile y un tarro de café negro. A mediodía comíamos solos, porque mamá trabajaba en un hotel y no regresaba hasta la noche. Otilio cobraba los sábados y con el peso que le daban mamá iba al mercado los domingos a darse el lujo de traer café de grano, piloncillo y blanquillos.

A diario vendíamos La Prensa y El Sol de México y los domingos repartíamos El Nuevo Día, un periodiquito que editaban localmente. De la ciudad de México llegaban los diarios un día después, en el tren de la tarde, por eso los repartidores estábamos listos desde las tres o cuatro, para esperar el tren y ser los primeros en irlo voceando por las calles. El periódico valía cinco o seis centavos; a nosotros nos tocaba uno o dos por cada venta; lo más que se podía ganar en un día eran veinte o treinta centavos. Julián, Goyo, mi hermano Otilio, el Patabola (que le decíamos así porque estaba fallo de una pierna) y otros amigos más, casi todos de la misma vecindad, éramos los vendedores de periódico. Muchas veces se nos llegaba la hora de la comida y aunque hubiéramos vendido poco nos íbamos al mercado a comprar un cinco de tortillas, un centavo de chile verde y un cinco de queso. Nos daban como diez tortillas y ahí las repartíamos entre todos. Comenzábamos a sude y sude con el chile, que comíamos a mordidas, pero con esos tacos aguantábamos el trote del día.

También lavamos carros y acarreamos agua de los despachos (o sea, los expendios donde entonces se vendía el agua) hasta las barricas de las casas. El agua se traía en botes mantequeros, pero como yo era el más débil, mi hermano Otilio se encargaba casi siempre de esa tarea. Mi hermano Refugio colaboraba vendiendo cajeta de Celaya.

En temporada ofrecíamos nieve en barquillo. Los repartidores nos juntábamos en la nevería de don Antonio, a esperar la salida del producto. Nos entreteníamos con lo que fuera, y un día me enseñaron un juego desconocido: la suerte del embudo. El juego parecía que era fácil, pues una vez que me ponían varias monedas de dos centavos en la frente, yo tenía que doblar la cabeza y procurar echar las monedas en un embudo introducido en la parte delantera del pantalón, quedándome con el dinero que cayera dentro del embudo. Pero antes había que mencionar las palabras mágicas: “¡Aguanto elaguacero!” Y zaz, que en eso me echan una tina de agua, dejándome todo empapado.

Al oscurecer volvíamos de la boleada y el periódico. Jugábamos en el patio del vecindario y cuando se hacía tarde nos metíamos a cantar en la cocina. Casi siempre cantamos a oscuras, hasta las diez u once, que era la hora que mamá llegaba con una cazuelona de “gandalla”, o sea, los sobrantes del hotel que ella nos traía todas las noches. Dormíamos bien comidos, como chinches, con esa gandalla.

Matehuala era entonces muy chiquito: cinco o seis mil gentes. La mayoría trabajaba en la mina y el resto se dedicaba al comercio, que era muy próspero, por ser el centro de muchas rancherías y pueblos cercanos: Santa María de la Paz, San Felipe, La Boca, Sacramento, Real de Catorce, Cedral, Doctor Arroyo, entre otros. El Mercado Arista abastecía a toda la región.

Nunca tuvimos facilidad para comprar pelotas o bates; nuestros juegos eran muy sencillos: el trompo, el ojito de canica, la pelenche, el burro, el pozo, la raya, la rueda y el gancho, o a zumbar el botón (con un hilo). A veces íbamos a jugar al Estanque Nuevo, el lugar donde estaban los aljibes de almacenamiento del agua que se bebía en la ciudad. El estanque era un bordo de tierra, un terreno grande donde había zacatito que muchos disfrutábamos como lugar de paseo.

Otro lugar parecido era el Parque Rangel, pues también había árboles y un estanque. Ahí fue donde una vez mi hermano Otilio me amarró unos guajes en la espalda, para que pudiera flotar, pues yo no sabía nadar. Y de repente como que se me corrieron los guajes, no sé qué pasó, pero el caso es que me clavé hasta el fondo y ya no podía salir. No sabía de mí cuando mi hermano me sacó todo entripado de agua. El dueño del lugar, creo se llamaba don Jacinto, se acercó a ver lo que pasaba: me volteó boca abajo y se puso a darme golpes en la espalda; luego me volteó de nuevo y me apretó el estómago varias veces, hasta que aventé todo el mugrero. Como ya mero me torcía, jamás me volví a meter al agua. Ya ni quise aprender a nadar.

Cuando en la estación descargaban el maíz de los carros del ferrocarril, casi siempre se regaban los granos al encostalar; era fácil juntar más de un kilo en una bolsa. Nomás le quitábamos la tierrita y de ahí salían unas gordas hechas a mano bien sabrosas.

A veces visitábamos a las familias de mis tías Ricarda y Gregoria, que vivían en la Hacienda de la Boca. Sus maridos, Pantaleón y Clemente Ovalle, trabajaban en las minas de San Felipe y Santa María de la Paz. Mis tíos mandaban a los primos a la milpa a traer elotes, calabazas o nopal; contaban con comida en abundancia, pues tenían mucho maíz y varios animales. Cuando íbamos a su rancho sabíamos que el banquete era seguro.

A pesar de las carencias que tuvimos en esa época, yo me sentía feliz, contento, nunca sentí coraje ni envidia por nadie. Lo más triste que nos ocurrió fue la muerte de nuestra tía Higinia, que era la que nos cuidaba. Nos quedamos solos y entonces mi mamá, que ya tenía algunos años en Monterrey, mandó por nosotros.

MAÑANA: Primeras chambas en Monterrey y experiencia en Cervecería

10 comments:

Kaiser said...

Manuel Carranza Mendoza tuvo muchas facetas: Líder Político, Jefe de Familia, Trabajador. Para mí fue simplemente mi abuelo.

Le agradezco el hecho de que la palabra de mi abuelo pueda trascender la barrera del tiempo.

Karla Patricia Olvera Carranza said...

Tuve la fortuna de compartir en muchas conversaciones con mi abuelo, Manuel Carranza, el tema fascinante de la minería, del cual él tenía un extenso conocimiento...las minas de fierro del norte de México y su destino final en la Fundidora de Fierro y Acero Monterrey. Ser regiomontano es ser un poquito parte de Fundidora. Sabemos que mi abuelo escribió páginas importantes en la historia de esta industria, pero nadie como sus colegas, "compas"(como solía decir él), y amigos que compartieron sus intereses, para contarnos mas detalle de su historia como líder. Gracias por compartir estos relatos.

lalo y mary said...

Es un honor conocer más de mi abuelo al cual admiro y quiero con todo mi corazón, compartimos hasta el último momento su presencia, gracias por darnos la oportunidad de conocer más de él.
Mary Garza
Mariela
Daniela
Lalo Cruz
Fam. Cruz Garza
Te queremos abuelito¡

Luis Manuel said...
This comment has been removed by the author.
juany valdez said...

La primera vez que conocí a mi suegro iba al frente del sindicato de mineros en una manifestación protestando contra algo. No recuerdo que exactamente, en ese entonces participábamos como estudiantes de la universidad mi novio, (actual esposo)y yo en una lucha estudiantil. Me sorprendió gratamente porque ellos tenían una banda de guerra y ésta iba encabezando la marcha de su sección. Me siento orgullosa de haberlo conocido y ser parte de la familia Carranza.

Jose Carlos Carranza Abeldano said...

Agradezco la emisión de este artículo muy buscado por nosotros los integrantes de la familia carranza ya que de mi padre siempre nos sentimos muy orgullosos simplemente por ser nuestro PADRE pero mas aun al conocer los aspectos de hombre de lucha laboral narrados directamente por sus compañeros de lucha que nos acompañaron al sepelio. parte de este aspecto de su vida los desconocíamos ya que siempre nos mantuvo al margen para protegernos ya que sus actividades políticas de izquierda total en esos tiempos se perseguían pero el siempre se mantuvo como un líder ejemplar ya que me toco recibir los comentarios de los jefes del departamento donde llegamos en un pequeño tiempo a trabajar juntos ( BOF ) y los comentarios tanto de obreros como de ingenieros siempre fueron con mucho respeto ya que mencionaron que siempre actuó de una manera justa aceptando cuando la empresa tenia razón por incumplimiento de los trabajadores o peleando a capa y espada cuando se actuaba de mala fe por la empresa. y esto me toco vivirlo en carne propia. me enorgullece mas que siempre se mantuvo fiel defensor de los derechos de los trabajadores y con su doctrina de la vida que siempre tenia una manera de explicar lo bueno y lo malo que lo entendías siempre a la primera al grado que nos sentimos de nuevo pequeños pero es por la sombra de el que nos protegerá por siempre. y nunca en lo que me resta de vida terminare de agradecerle los valores inculcados de honradez, rectitud, sencillez, tolerancia y moral. Esta escuela fue una a la cual pocos pudimos asistir por lo que siempre lo mantendremos en nuestros corazones y conciencias. y MANUEL CARRANZA MENDOZA empieza a vivir por siempre. Porque no pasa se queda en la historia.

QUE VIVA MANUEL CARRANZA MENDOZA LIDER Y PADRE EJEMPLAR.

bertha alicia carranza aveldaño said...

Yo sólo sé que fuiste un Padre Ejemplar y que la educación que nos dejaste fue tu herencia, Jamàs te olvidaré y por siempre estarás en mi corazón. Gracias por estar con mi familia cerca muy cerca de mi, dejas un vacío muy grande en mi corazón, pero unos recuerdos muy valiosos "Arriba Manuel Carranza, Padre ejemplar, por siempre"

chacho said...

a todos los familiares de manuel carranza mendoza nos gustaria mucho ver ya publicadas las tres partes restantes de la vida de mi papa´, las cuales quedaron en publicar diariamente, con todo respeto les suplico que puedan publicar las partes restantes cuanto antes, esperando no se hayan olvidado de el tan pronto,con agradecimiento luis manuel carranza aveldaño

bertha alicia carranza aveldaño said...

Va de nuevo: Sr. Luis Lauro o Sr. Renè, nos interesa mucho ver publicado el Testimonio de mi Papá, me ofrezco para capturar lo que falta, solo déjeme un mensaje y yo asistirè a donde me diga, para que se concluya con la historia.

bertha alicia carranza aveldaño said...

Sr. Luis René:

Agradecemos la respuesta a nuestra insistencia y le confirmo mi disposiciòn al respecto.
Soy una Secretaria con mucha experiencia y si en algo puedo apoyar, estoy a sus órdenes.

Muchas Gracias y Saludos